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Esta mañana me he despertado como todos los días y lo primero que he visto ha sido una humareda impresionante saliendo del patio interior de mi casa:

Incendio junto a mi casa

En el portal de al lado, dos pisos más abajo, un incendio devoraba toda una vivienda, quemándolo todo e inundando los alrededores de un desagradable tufillo a recuerdos quemados. Rápidamente nos hemos vestido y hemos contemplado desde la calle las labores de extinción (vivimos en una casa con estructura de madera, y hemos preferido ser previsores).

Allí en la calle, a las siete de la mañana, estaban los habitantes del piso quemado. He intentado ponerme en su lugar, e imaginar mis sentimientos al ver mi propia casa ardiendo, mis recuerdos, mi ropa, mis chismes, el ordenador desde el que ahora mismo os estoy escribiendo, y he sentido una pequeña parte de su pena.

Estas cosas siempre me sorprenden, me refiero a la engañosa seguridad de nuestra vida, apoyada mayormente en la rutina, en la seguridad del dinero y otras cosas materiales. Pero basta una enfermedad, un robo, un incendio, o la muerte de alguien cercano, para que la vida nos agarre por los hombros y nos zarandee, espabilándonos, haciéndonos ver que el tiempo pasa, que no somos más que una anécdota para él, que hoy estamos y mañana no, y que lo importante hoy, mañana no tendrá ninguna importancia.

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